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La Hispanidad sigue viva. Menos en España.

octubre 13, 2008

   Sábado por la noche. Miro en el calendario que cuelga de mi pared antes de irme a dormir. La próxima fecha aparece en rojo. Es 12 de Octubre, día de la Hispanidad. Una sensación de orgullo patrio recorre todo mi cuerpo, desde los pies hasta la cabeza, pasando por el corazón. Me tumbo en la cama y cierro los ojos. Durante un tiempo que no sé cuanto se prolongó comienzo a pensar en las hazañas gloriosas realizadas por uno de los países más antiguos del mundo. La Reconquista, los Reyes Católicos, el descubrimiento de América, el Imperio español, Lepanto, Trafalgar, La guerra de la Independencia… Asi hasta llegar a un sin fín de heroicos actos que solo una nación de más de quinientos años de unidad puede escribir en sus libros con letras de oro. Todos ellos se van sucediendo en mi imaginación, uno tras otro. Poco a poco, acudo fiel a mi cita con el mayor de los enemigos, el sueño. Trato de resistirme como los españoles hicieran en Trafalgar, pero acabo corriendo su mismo destino.

   Despierto horas después. Son las nueve y el sol penetra ligeramente por mi ventana. Es 12 de Octubre, la Fiesta Nacional. Inmediatamente, salto como un rayo de la cama cual si el espíritu del mismísimo Don Pelayo se hubiera apoderado de mi alma. Poso los pies sobre el suelo y me dirijo a besar la bandera rojigualda que reposa en silencio durante todo el año en mi habitación. La sujeto suavemente con mi mano derecha, la alzo hasta la altura de mi boca y la beso. La escasa luz del lugar ilumina la bandera en el silencio de la mañana que comienza. Es un momento poético, místico, religioso incluso. Seguidamente, descuelgo la enseña de su lugar habitual para ponerla en el lugar que le corresponde en un su día grande. Salgo a la terraza y casi cegado por el sol coloco el estandarte en la barandilla, gesto que seguro que Colón y sus compañeros realizaron al pisar por vez primera sobre suelo americano. Pero algo comienza a ir mal. Mi bandera es la única que se puede ver, ninguna más. La indignación comienza a hacerse un hueco en mi rosario de sentimientos. No pasa nada, pronto desaparece, haya cada cual con lo que le dicte su conciencia.

   El día sigue avanzando, y una cita no menos indispensable que la de cada noche con el sueño se acerca. La ofrenda a la Vírgen del Pilar, patrona de la Hispanidad y de la Guardia Civil. Para ello, me visto con el traje típico aragonés, adornada con una medida de la Vírgen con los colores de nuestra bandera y me pongo en marcha. La espera se hizo larga, pero eso era buena señal, pues significaba que al menos la fé en nuestra madre seguía viva. Cientos de miles de hispanos formaban una marea de flores que se dirigía hacia El Pilar. Y digo hispanos, porque no solo había zaragozanos, sino canarios, andaluces, valencianos, madrileños y demás fieles de todos los puntos de la piel de toro y, como no, de Hispanoamérica. El recorrido se va cumplimentando, y para mi satisfacción y alegría, decenas de banderas de España se suceden en las fachadas del centro de la capital aragonesa. Paso a paso, rodeado de cientos de miles de compatriotas y hermanos, el templo aparece ante nuestra vista. Y fuera, en lo alto, la Vírgen ve como su pueblo acude a ella para formar a sus pies un faldón de flores de gigantescas dimensiones. Llega el momento de entregar el ramo comienzo a rezar mis plegarias. Pido por mí, por mi familia, pero ante todo, pido por España, al igual que aquellos heroicos defensores de Zaragoza y de España en general pidieran doscientos años atrás. Veo como las flores son depositadas en el manto y me marcho con la conciencia tranquila. Por decimoséptimo año consecutivo, los mismos que tengo de vida, el día 12 de Octubre he depositado las flores a la madre de la Hispanidad. Me enorgullezco de ello, como zaragozano, como católico y, ante todo, como español.

   Vuelvo a casa, y enciendo el televisor. Ahí está, el desfile de nuestras Fuerzas Armadas, que aunque algún ilustre político lo califique de coñazo, para mí es otra cita de relevancia. Escucho el Himno Nacional en silencio, con la mano en el pecho, me emociono con la ofrenda a los que dieron su vida por España, disfruto con el paso de la legión, con los aplausos a la Guardia Civil, con los abucheos a Zapatero, por qué no decirlo, y sobre todo, por ver el Paseo de la Castellana teñido de rojo y oro, sin complejos, con sentido de nación, como nuestros antepasados al recibir a sus héroes volviendo de una guerra

   Me gustaría seguir contando actos similares a estos, pero como decían en el mítico Un, dos, tres, hasta aquí puedo leer. Por un momento, había olvidado que vivimos en un país diferente, más bien único. El úncio en el que nos avergonzamos de nuestra historia, de nuestra bandera, de nuestra lengua, de nuestra religión y de todo lo que huela a tradición. Por tanto, nuestro día nacional no podía ser menos. Por la tarde, se sucedieron las manifestaciones de independentistas o grupos de extrema izquierda en todas las ciudades. Mientras tanto, nuestra clase política, dormía. Debe ser que el Señor Rajoy estaría cansadito del coñazo del desfile, y ZP, directamente, no estaba, estaba en París. Y ¿qué hacía el pueblo?, lo mismo que sus dirigentes, oír, ver y callar, salvo honrosas excepciones. Estarían ocupados tomando una cervecita por ahí con sus amigos, porque estaremos en crisis, pero las terrazas de los bares siguen estando a reventar. Typical Spanish, que dirían los ingleses.

   En fín, que a lo largo del día, pasé de sentirme como Don Pelayo antes de pelear, a terminar como un preso. Como Cervantes en su prisión de Argel, o incluso, como un exiliado republicano tras la Guerra Civil. Aunque yo, igual que otros muchos, estoy preso en mi propio país. Hablando de Cervantes, sería imperdonable terminar un artículo que se precie sobre el día de la Hispanidad sin hacer una referencia al mayor legado de ésta, el español. En 1492, año de la reconquista de Granada y del descubrimiento de América, Antonio de Nebrija le hizo entrega a la Reina Isabel la Católica de la primera gramática de la lengua española diciendo “Tomad señora, pues la lengua siempre fue compañera del Imperio”. Y efectivametne, el español se llevó a América, y hoy lo hablan más de 400 millones de personas. Obviamente, solo en algunos puntos de España se trata de restringir su uso, ante la pasividad de su dormido y perdido pueblo. Hace pocos días, el Instituto Cervantes hizo público un estudio en el que se decía que hacia 2030 más de 130 millones de estadounidenses, la primera potencia mundial, hablarán español desde la cuna. Español, no castellano como gusta decir por ahí sin fundamento alguno.

   Por último, despedirme diciendo que a pesar de la atonía y pasividad de los españoles ante su día, ayer, 12 de Octubre, el Imperio español, el mayor de todos los tiempos, volvió a renacer por un día. Ayer, 12 de Octubre, el Sol no se puso de nuevo en nuestro país. España está tocada, pero la Hispanidad sigue presente en todo el mundo.

   VIVA ESPAÑA