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La Guerra de la Independencia Española (IV), El final de la Guerra.

septiembre 15, 2008

   Napoleón no podía permitir que sus invictas tropas cayeran en España, y tras vencer a Austria, envió sus mejores hombres a la Península. Con ellos, el general Soult penetró en Andalucía tomando Sierra Morena y Sevilla, para llegar a Cádiz, donde tuvo lugar el enésimo acto de heroísmo de los españoles. La ciudad es sitiada, y a la población se le unen soldados de Extremadura, portugueses e ingleses, tanto por tierra como por mar. Los enfrentamientos se prolongarían durante meses.

   Cádiz se convierte en la única plaza que todavía no está en poder de los franceses, por lo que la Junta Central decide trasladarse allí, a la Isla de León. Mientras tanto, los bombardeos continuan, y los patriotas españoles son aplastados brutalmente por los invasores, que siguen sin poder entrar en la población. En este ambiente bélico, los dirigentes proclaman el 24 de Septiembre de 1810 las Cortes de Cádiz, recibidas con entusiasmo por el pueblo. Los diputados se reúnen este memorable día, en el Salón del Ayuntamiento de la Isla de León. Antes de iniciar la asamblea, se dirigen presididos por los regentes, a la Iglesia Mayor, donde oyen la misa del Espíritu Santo. Los diputados prestan su juramento solemne con calma majestuosa:

“¿Juráis- se les pregunta- defender la religión católica, apostólica y romana, la integridad del territorio nacional, el trono de Fernando VII y el desempeño fiel de vuestro cometido?.

¡Sí juramos!- responden con nutrida voz.

Dios os lo premie si así lo hiciereis y si no os lo demande.”

   Así nace la aurora de la moderna libertad española, en medio de una guerra contra un país extranjero, estando las Cortes rodeadas de baterías enemigas que no cesan de hostigarlas.

   El optimismo se extiende por toda la nación, lo que hace que en 1811 la guerra de un giro de 360º. En Febrero, Castaños derrota a los franceses en Extremadura, lo que unido a la conquista del castillo de Figueras por sorpresa, constituyen dos duros golpes para el invasor. Posteriormente, los patriotas españoles de Cataluña, realizaron en Mayo una defensa brillante de la ciudad de Tarragona,  a pesar de la derrota final debido a la inmensa superioridad napoleónica. Simultaneamente, la flota británica descargaba a diario terribles andanadas contra la escuadra imperial, en cuyas filas comienza a aparecer el nervisismo. Por primera vez, los franceses veían la posibilidad de salir vencidos de España como algo posible.

   Pero a pesar de las expectativas creadas, la segunda mitad del año no iba a ser muy positiva para España, que no lograría ningún avance significativo durante ese periodo. Por ello, en Enero de 1812 se reactivó la fundamental contribución de los guerrilleros. En este mes y febrero de 1812, capitulan Valencia, Peñíscola y Denia, mientras que Tarifa resiste y  el inglés Lord Wellington toma Ciudad Rodrigo. A pesar de las pérdidas, esta última victoria, unida al daño que la guerrilla propugnaba a Francia, arengó de nuevo el ardiente corazón del noble pueblo hispano. Las Cortes promulgan en Cádiz la Constitución que es aclamada con entusiasmo por el pueblo el 19 de marzo. Se convoca a la nación a elecciones para Cortes ordinarias en el año de 1813.

   Lord Wellington consigue tomar Badajoz y derrota completamente a los franceses en la batalla de los Arapiles, cerca de Salamanca, el 22 de julio; en esta batalla se les hacen 7.000 prisioneros y otros tantos muertos y heridos. Triunfalmente llega el general inglés hasta Madrid, obligando a evacuarlo precipitadamente al Rey José, entrando victorioso en la capital de España el día 12 de agosto de 1812.

  Wellington es nombrado por las Cortes “general en jefe de las fuerzas españolas” y se le concede el título de duque de Ciudad Rodrigo. Las fuerzas del Rey José que salieron de Madrid, se unen a las del general Soult, comprometiendo la situación de Lord Wellington. Este general marcha a Portugal para rehacer su ejército, circunstancia que aprovecha el Rey José para entrar nuevamente en Madrid el 2 de noviembre de 1812. Napoleón no puede enviarle refuerzos por estar en lucha contra Rusia y le ordena trasladar la corte a Valladolid, a mediados de marzo de 1813. Lord Wellington con sus tropas anglo-españolas obliga al Rey José a retirarse de Valladolid a Burgos, el 9 de junio de Burgos a Miranda y de Miranda a Vitoria.Perseguido de cerca el Rey “Intruso” tiene que aceptar la batalla en el llano de Vitoria el 21 de junio de 1813, siendo derrotado y obligando al rey a cruzar la frontera precipitadamente. Cae en poder de los españoles el equipaje del Rey, sus papeles íntimos y un inmenso botín, procedentes del saqueo francés.

   Acto seguido, el general Freire derrota a los franceses en San Marcial el 31 de Agosto, el mismo día en que las tropas hipano-portuguesas entran en San Sebastián. La contienda comenzaba a teñirse de color rojigualda, lo que se confirmaría un año después, el 31 de Octubre de 1813, cuando Wellington toma Pamplona y penetra en territorio francés.

   Napoleón sabía que la guerra estaba perdida, y comienza a negociar con su prisionero en Valencey, Fernando VII para devolverle el trono que le robó. El monarca español, acepta un vergonzoso Tratado de paz, que las Cortes rechazarían, ya en Madrid, el 2 de Febrero de 1814.El 6 de febrero abdica Napoleón en Fontainebleau. Se pacta la suspensión de hostilidades entre Wellington y los franceses Soult y Suchet, en los días 18 y 19 de abril de 1814, obligándose a devolver a España todas las plazas ocupadas.

   España estaba libre. El bárbaro invasor francés, no había podido acabar con la nobleza y el patriotismo del bravo hidalgo español. Se cerraba así uno de los episodios más brillantes de la rica historia de nuestra vieja nación.

   Hoy, 200 años después, son muchos quienes quieren hacernos olvidar este glorioso pasaje de nuestro pasado. No lo permitamos.

El valiente pueblo ibero
jura con rostro altanero
que hasta que España sucumba
no pisará vuestra tumba
la planta del extranjero.”

 

 

Monumento a los mártires de la Religión y de la Patria. Plaza de España de Zaragoza

Monumento a los mártires de la Religión y de la Patria. Plaza de España de Zaragoza

La Guerra de la Independencia Española (III). Napoleón viene a España e Inglaterra interviene en la Guerra.

septiembre 13, 2008
Estandarte utilizado por los patriotas españoles durante la guerra.

Estandarte utilizado por los patriotas españoles durante la guerra.

   El 8 de Noviembre de 1808, el Emperador de los franceses pone pie en España, acompañado por un Ejército de más de 250.000 soldados que habían salido victoriosos en decenas de batallas a lo largo y ancho del viejo continente. En apenas tres semanas, los franceses derrotan a las tropas españolas del norte y ponen rumbo hacia la capital de España. Así, el 20 del mismo mes, los invasores, a pesar de sufrir numerosas bajas a manos de los españoles, cruzan la sierra de Guadarrama, con una intervención fundamental de la caballería polaca. Napoleón ya tenía vía libre hasta Madrid, y el 2 de Diciembre entra en la villa, obligando a la Junta Central a trasladarse a Badajoz.

   El corso ataca inmediatamente, y la ciudad, defendida apenas por una guarnición de 500 hombres, capitula el día 4. José Bonaparte es repuesto como Rey, entrando de nuevo en el Palacio Real el día 20. Una vez que la situación parecía resuelta, Napoleón decide volver a París para solucionar un conflicto con Austria, no sin antes tener que hacer frente a las primeras tropas inglesas que llegaron a la Península a su paso por la frontera.

   Pero la marcha de Napoleón no supuso el final de la guerra, sino que el horror de la misma continuó. Y lo hizo con un segundo sitio sobre la ciudad de Zaragoza, que quedó cercada por un total de 36.000 invasores que se emplearon con la más inhumana crueldad contra los bravos aragoneses liderados por Palafox. Sin embargo, la superioridad francesa no se traducía en resultados, ya que los defensores les obligaban a conquistar casa por casa, perdiendo en cada una multitud de efectivos. La heróica ciudad resistió inexpugnable y la bandera española seguía brillando en el Ebro junto a la Basilica del Pilar, centro de peregrinación de los defensores para pedir ayuda a la Vírgen, su Capitana General. El escenario se mantuvo intacto hasta principios de Febrero de 1809, cuando el general Lannes ideó un plan que obligó a los españoles a capitular el dia 20. Las consecuencias de la contienda fueron debastadoras. Zaragoza pasó de contar con una población de 55.000 habitantes a 18.000, 14.000 de los cuales estaban enfermos. Cuando los franceses entraron en la ciudad, toda su belleza había desaparecido. Hoy, bajo nuestros pies están enterrados los restos de aquellos héroes. Sobre nosotros, sus almas reposan en el cielo.

   Una vez caída Zaragoza, un ejemplo para toda la nación, había caído, los franceses dirigieron sus ataques a otro símbolo del valor hispano, Gerona, sitiada ya dos veces, ambas sin éxito. En este tercer ataque, fue el general Saint-Cyr, con 30.000 hombres el encargado de intentar asaltar por fin la ciudad catalana. En frente, 15.000 almas españolas de león movidas por su fé en San Narciso, patrón de la población, en su general Álvarez De Castro, y ante todo, en España. A ninguna intimidación quieren escuchar. Una granada abate la bandera que tremola en lo alto, pero un valiente apellidado Montoro la enarbola de nuevo, entre una lluvia de balas. Todo el verano atacan los franceses sin conseguir entrar. Es asombrosa la entereza y sangre fría del general Álvarez de Castro y de los gerundenses; pero el hambre unido también a la epidemia, va diezmando a los héroes. Más de 20.000 hombres perdieron los franceses, hasta ocupar la plaza el 10 de diciembre de 1809. Álvarez de Castro fue apresado y hay indicios de muerte violenta.

   Mientras tanto, en el otro extremo de la Península, comenzaba a llegar la ayuda inglesa. A principios de 1809, un Ejército bajo el mando del general inglés John Moore entra en España a través de Portugal. Su intención era llegar hasta Madrid, pero se ven obligados a replegarse hacia La Coruña debido al empuje francés. Allí, los británicos lograron embarcar apresuradamete en dirección a las Islas, a las cuales el propio Moore no logró llegar, ya que pereció en la empresa. A pesar de este fracaso, Inglaterra estaba dispuesta a derrotar a Napoleón, y en 1810 envió un nuevo Ejército dirigido por el general Wellington, que logró reunir en tierras portuguesas a 130.000 combatientes de los tres países enfrentados a Francia. Coimbra y Torre-Vedras son el escenario donde las tropas francesas del general Massena son derrotadas, por lo que los invasores se ven obligados a evacuar el país luso, que queda así liberado. Ya en España, el mismo Wellington, derrota de nuevo en Fuente de Oñoro a Massena. La intervención inglesa, contribuyó de este modo a combatir a Napoleón con mayores garantías, aunque para nada fue tan decisiba como ellos dicen en la actualidad.

   Otros que también comenzaron a organizarse en esta época, fueron los guerrilleros españoles, que formaron pequeños grupos que causaron gran cantidad de daños a los franceses, tanto materiales como humanos. Entre los más destacados, se encuentra el navarro Francisco Espoz y Mina, que tiene 30 años y combate al lado su tío Javier; en cuarenta y tres acciones de guerra vence a los más famosos generales franceses. Al frente de su partida, toma varias plazas, imponiendo una contribución de 100 onzas de oro mensuales a la aduana francesa de Irún. Cuando muere en 1836, su viuda recibe el título de Condesa y el nombre del general Espoz y Mina se inscribe en el Congreso de los Diputados, entre otros héroes de la libertad.

    Un guerrillero aventaja a todos en fama: Juan Martín Díaz, conocido por el sobrenombre de “El Empecinado”. Nacido en Castrillo de Duero (Valladolid), tiene 33 años al estallar la guerra de la Independencia. Antes luchó contra Francia en el Rosellón. Su fortaleza física, hermana con su corazón generoso y amor a la libertad. Empieza formando una guerrilla de media docena de convecinos equipados y armados por él mismo. Con ellos intercepta correos, combate y hace prisioneros. Más tarde, sus efectivos aumentan y se convierte en el temor de los franceses. 

 

   Así se inmortalizaron en Navarra, Javier Mina y su sobrino; en las montañas de Burgos, el cura Jerónimo Merino; en Salamanca, Julián Sánchez “El Charro”; en La Mancha, el médico Juan Palarea; en Cataluña, el barón de Eroles, Francisco Miláns del Bosch y tantos otros que supusieron enaltecer a la Patria.

   Con todos estos logros, la moral española estaba más alta que nunca, y la victoria, cada vez más cercana.

 

La Guerra de la Independencia Española (II), España se organiza y lucha.

septiembre 7, 2008

   La reacción de la nación española llegó pronto a los oídos de Napoleón, lo que le impulsó a reunir en Bayona un simulacro de Cortes Españolas, que el 15 de junio dieron una Constitución a nuestro país, por la cual el hermano del Emperador, José Bonaparte, se convierte en el nuevo Rey de España. El 20 de julio entra en Madrid, pero ante el odio que genera entre la población, dirige a su hermano unas palabras que terminarían siendo totalmente acertadas: “Tengo por enemiga a una nación de doce millones de habitantes, bravos y exasperados hasta el extremo… Todo lo que se hizo aquí el 2 de mayo, es odioso….; No se ha tenido ninguna consideración para este pueblo…. No, señor: Estáis en un error, vuestra gloria se hundirá en España…“. A pesar de la advertencia, Napoleón siguió subestimando a los españoles.

   El levantamiento iniciado en Madrid, se propaga rápidamente por Andalucía y Extremadura, pero va a corresponder a Asturias, como ya ocurriera con la Reconquista ante el Islam, el iniciar oficialmente la guerra contra el invasor. En Oviedo, los estudiantes y el Ejército se unen para luchar, mientras que el Gobierno se une a ellos y declara la Guerra a Napoleón. Para ello, crean el 24 de mayo una Junta Suprema de Gobierno, encargada de organizar el alzamiento. Poco después, ciudades como Santander, La Coruña, Sevilla y Cádiz siguen el ejemplo asturiano, a la vez que se pide ayuda a Inglaterra. La Guerra había comenzado.

   Las primeras batallas se libran en tierras andaluzas, donde las tropas francesas, dirigidas por el General Dupont, muestran su crueldad y saquean vilmente Córdoba y Jaén. A pesar de la superioridad del enemigo, los españoles, bajo el mando del general Castaños, deciden atacar para impedir la entrada francesa en Cádiz. El enfrentamiento tiene lugar en Bailén, donde el 19 de julio   Sde 1808 se produce la primera derrota de las águilas napoleónicas en toda su historia. Tres días después se firmó la capitulación de Bailén, entregando los franceses banderas y 20.000 prisioneros de guerra así como vasos sagrados, robados a su paso por Andalucía. Con esta derrota, el pueblo español, muestra al mundo que Napoleón no es invencible, y Europa entera comienza a despertar. Son muchos los que niegan la importancia de la victoria de Bailén. Incluso, en el Arco del Triunfo de París, aparece escrito el nombre de la localidad andaluza entre las victorias logradas. Nada más lejos de la realidad, pero el orgullo francés no tiene límites. Lo único cierto, es que con esta derrota, comenzó el declive de Napoleón, no solo en España, sino también en Europa.

   La moral española se encontraba por las nubes, pero los franceses no estaban dispuestos a caer derrotados en España, a la que Napoleón consideraba muy inferior. José abandonó Madrid y se retiró hacia el Ebro, donde el general Lefevbre mantenía sitiada Zaragoza, bajo amenaza de matar a todos sus habitantes si no se rendían. Los valerosos aragoneses contestan negativamente y se aprestan a realizar la heroica defensa que los inmortalizará. Y cuando tras una pieza de la artillería española caen todos los hombres, surge la heroína famosa. Es una mujer del pueblo, “Agustina de Aragón”, la que prende valerosamente la mecha del cañón que contiene a los asaltantes. En estas gloriosas jornadas, los baturros dan generosamente su sangre en defensa de la independencia patria y cuando no tienen piedras ni sacos terreros para taponar las brechas que en las murallas hace la metralla enemiga, cierran con cadáveres de sus propios hermanos caídos. Ante las amenazas de capitulación, contesta el general Palafox “¡Guerra a cuchillo!”. Y el 31 de agosto los franceses levantan el sitio de Zaragoza, que les costó más de 3.000 bajas.

   Los dirigentes de las Juntas regionales que se crearon en toda España, viendo el éxito de sus acciones, decidieron crear una Junta Suprema Central, al mando de la cual se acordó colocar al duque de Floridablanca. Dicha Junta, tomó Aranjuez como sede habitual, y acumuló todos los poderes ante la ausencia del Rey. También, el 1 de Octubre, se celebra en Madrid un Consejo de generales, dividiendo en cuatro los ejércitos españoles: uno en Vascongadas y Norte de Castilla, a las órdenes de Blake, otro en Cataluña, mandado por Juan Manuel Vives, un tercero para Andalucía, dirigido por Castaños y un cuarto en Aragón para Palafox.

   Con todo ésto, las bases para lograr la libertad de España estaban creadas. Ahora solo faltaba vencer a los franceses. Pero Napoleón no estaba dispuesto a caer ante los españoles, y decidió venir él mismo para dirigir las operaciones.

El general Palafox dirigió a la población zaragozana en su resistencia.

El general Palafox dirigió a la población zaragozana en su resistencia.

  

La Guerra de la Independencia Española (I). De la entrada de las tropas francesas en España hasta el Dos de Mayo.

septiembre 6, 2008

   Hace 200 años, el bravo pueblo español dio una lección al mundo de heroísmo, nobleza y patriotismo. Nuestros antepasados se levantaron contra el invasor francés, que pretendía añadir la península Ibérica a su enorme Imperio. Las tropas napoleónicas, invictas en mil batallas por toda Europa ante los más feroces ejércitos, veían al rudo soldado español como un enemigo muy inferior. Sin embargo, los ciudadanos de nuestro país iban a significar el principio del fin para la figura de Napoleón.

   En 1808, el Emperador de los franceses pone sus ojos sobre España. Para lograr penetrar en tierra española, pretende convertir al Rey Carlos IV en su aliado para tomar Portugal. Sin embargo, una vez dentro de la península, las tropas imperiales se dirigirían hacia Madrid para tomar la capital del Reino. Así pues, con el apoyo de Carlos IV, empujado por su ministro Godoy, el general Junot conquista Portugal. Pero con el país luso ya en poder francés, nuevas tropas dirigidas por Murat cruzan los Pirineos y  ponen rumbo hacia Cataluña y el norte. El nerviosismo se apodera de Godoy, pero ya es demasiado tarde.

   El nerviosismo se traslada al pueblo, que se amotina en Aranjuez contra Godoy y el Rey, el cual no tiene más remedio que abdicar en su hijo Fernando VII el 19 de marzo de 1808. Pero Murat le convence para que envíe una carta a Napoleón negando la validez de su abdicación. Al mismo tiempo, el general francés hace viajar a Fernando a Bayona para reunirse con el Emperador, pero ante su negativa para renunciar al trono, Napoleón decide hablar con Carlos, lo que Fernando considera como una traición y devuelve la Corona a su padre, que sorprendentemente abdica en Napoleón.

  Mientras tanto, en Madrid crece la hostilidad hacia las tropas francesas, hasta llegar al histórico día del 2 de mayo. Desde bien temprano se congregó la multitud ante el Palacio Real, en la Plaza de Oriente y al subir al coche para conducir a Francia al Infantito Don Francisco, que iba llorando, alguien lanzó el histórico grito “¡que nos lo llevan!” y al momento, hombres y mujeres, rodean las carrozas tratando de impedir el viaje. Las fuerzas del invasor disparan y la sangre de los primeros mártires de la Independencia española, abre una página gloriosa, grabada a sangre y fuego, en el libro de la Historia de España.

  Los sucesos de la plaza de Oriente corren como la pólvora por la capital, y hombres y mujeres se lanzan a la calle al grito de “¡A morir matando…!, ¡No más esclavos!” Así, el primer enfrentamiento serio contra los franceses tuvo lugar en la Puerta del Sol, donde miles de patriotas vieron como se apagaba la llama que encendía su pecho debido a los disparos enemigos. No obstante, el invasor encontró también en esta gloriosa fecha sus primeras bajas en España.

   Para vegüenza de la Patria, mientras el pueblo luchaba heróico por su libertad, el ejército y el clero se mantenían al margen de la revuelta. Salvo dos excepciones, Los capitanes de Artillería Daoíz y Velarde, que no se resignan a ver morir a su pueblo. A ambos capitanes se les une el teniente Ruiz y entre todos organizan la defensa del Parque de Artillería de Monteleón junto a otros 30 voluntarios y vajo el grito de “Viva España” y “Viva Fernando VII”. Con apenas diez cañones vencen a la tropa del General Lefranc y el entusiasmo se dispara. Sin embargo, Murat envía refuerzos y el parque sucumbe. Todos los valientes que lucharon allí entregaron su vida a Dios para mayor gloria de España.

   Murat publica un bando en el que ordena fusilar a todos los españoles que salgan a la calle con un arma, lo que provoca la muerte de miles de infelices por el mero hecho de llevar consigo un cortaplumas. Los jardines de la Moncloa son regados con la sangre de los primeros mártires de la Independencia.

   Tan ejemplar proclama dada contra el invasor en Madrid, pronto tiene resonancia hasta en el último rincón de España. A los viajeros que salen de Madrid, se les piden noticias sobre los antes olvidados negocios públicos, hasta en los villorrios y caseríos casi despoblados. Se reúnen grupos para leer las cartas que llegan de la heroica villa y estrechándose unos a otros las manos, dan gritos de guerra que se extenderán por toda la nación.

   En Móstoles, pueblo cercano a Madrid, su patriótico alcalde reúne a los vecinos y les arenga: “¡La Patria está en peligro!. ¡Madrid perece víctima de la perfidia francesa!. ¡Españoles, acudid a salvarla!…“. Hombres y mujeres, rivalizando en entusiasmo, se arman con trabucos viejos, navajas y palos, disponiéndose a combatir al invasor al frente de su españolísimo alcalde Don Andrés Torrejón.

   Y es que el pueblo hispano, siempre hidalgo, cortés y hospitalario, no ha consentido nunca que pise como invasor del suelo patrio la plantilla de ningún extranjero.

"Los fusilamientos del Dos de Mayo en la Moncloa", de Francisco de Goya.

"Los fusilamientos del Dos de Mayo en la Moncloa", de Francisco de Goya.